Allí estaba la niña, mirando hacia arriba, contemplando a su compañero estudiar las ramas del árbol donde se había encaramado.
-Tiene que estar por aquí
-Estás seguro de que está? Tal vez te lo hayas imaginado....
-No, que te digo que lo vi.
Y así fue. Momentos después, bajaba con algo abrazado a su pecho.
Un nido.
Y, en el nido, un polluelo indefenso, abriendo la boca de pura hambre, medio piando, medio gimoteando; llamando desesperadamente a su madre, a quién habían abatido hacia menos de una hora....
Se miraron a los ojos.
-Ahora qué? Ahora ya lo sabemos.... Y qué?
-Quédatelo.
-Yo? por qué?
-Aprende a medir las consecuencias de tus actos. Ahora, eres responsable de este pobre ser que necesita de ti para seguir adelante.
Y ella lo tomó entre sus manos. Era pequeño, absurdamente pequeño. Y suave. Y tibio. Y tierno.... Y ahora, era suyo.
Le habían regalado una vida, como premio a otra que había arrebatado no hacía mucho. Y esa vida era suya por derecho, era su responsabilidad, su condena, su regalo y su castigo. Se echó a llorar....
La vida está llena de regalos de este estilo, meditaba. De repente, por algo que arrebatas, algo se te regala.
Cuando algo se va, algo llega. Y, a veces, eso lo compensa todo.
Hay que medir la consecuencia de los actos...
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 comentario:
nunca hay que medir las consecuencias de los actos, y además es imposible hacerlo
Publicar un comentario